Dos palabras abundaron en la respuesta del poder ejecutivo ante el reclamo de la Cámara y el Senado de comenzar vistas públicas para discutir el presupuesto del País en los pasados días. Estas son: destiempo y transparencia.

Reclaman que está a destiempo el interés de ambos cuerpos, a través de sus comisiones de Hacienda, de comenzar temprano en el año —contrario al pasado cuatrienio— las vistas del presupuesto.

Reclaman, además, que dicho proceso debe esperar —como es costumbre desde Promesa para acá— a que termine el ping pong entre La Fortaleza y la Junta, para entonces, si sobra tiempo y queda todavía interés, que la Legislatura haga lo que corresponde.

Un estudio realizado por el Observatorio Fiscal —publicado por la Entidad Espacios Abiertos— resalta que los días dedicados a vistas públicas del presupuesto, vienen cuesta abajo desde hace unos años. De hecho, durante los cinco años fiscales comenzados con 2016-17 y terminados con el año fiscal 2020-21, se dedicaron 12, 14, 4, 7 y 1 día de vistas respectivamente al tema presupuestario. Resaltan los años fiscales 2018-19 y 2020-21 donde no se le dedicó ni un día de vistas en el Senado de Puerto Rico.

No deja de asombrar la reacción —casi alérgica de algunos— que provoca la osadía de querer hacer las cosas como siempre debieron haber sido. Es interesante por demás, cómo la forma incorrecta de hacer las cosas percola en nuestra sociedad hasta el punto de normalizarse. Esto me recuerda al psicólogo y sociólogo alemán Erich Fromm, quien describía esta patología como la “anormalidad normalizada”.

A estos le respondo que nunca se está a destiempo para hacer lo correcto y más cuando llevamos décadas convenciendo al País de que siempre es buen tiempo para el malgasto y el busconeo con fondos públicos. En esta isla del Caribe se desperdicia y se da el tumbe en Navidad y en Semana Santa, en los fines de semana largos y en los cortos, en verano y en invierno; y para completar, en tiempos de calma y en tiempos de tragedias nacionales.

¿Ahora bien, acaso no es buen tiempo entonces para tratar de convencer al País de que siempre es buen tiempo para fiscalizar y velar por el buen uso de los fondos públicos? Acaso no llegó la hora de la ya tan maltratada transparencia.

La transparencia como una de tantas virtudes humanas siempre es más fácil defenderla que practicarla. Esto es así, ya que para defenderla solo se necesita del buen verbo y de la elocuencia, mientras que para practicarla hacen falta valentía y compromiso. Cuando se trata de fondos públicos y más en un País con unas finanzas públicas tan maltratadas y maltrechas como el nuestro, la transparencia es un requisito indispensable para el buen gobierno.

Finalmente, no puedo dejar de atender el reclamo muy legítimo de ciertas personas que argumentan que los defectos de construcción o de nacimiento del presupuesto, es decir, el hecho de que emana de una junta colonial y antidemocrática, es razón suficiente para no llevar a cabo vistas públicas para cuestionar el uso de dichos fondos.

Reconozco que el nuestro es un presupuesto mal nacido, que merece las palabras ya en desuso por derogatorias de “inválido” e “incapaz”. Pero no puede ser óbice para claudicar en nuestra responsabilidad de asegurar que dichos fondos se usan a tenor con las políticas públicas establecidas y con la mayor rigurosidad posible.

El dejar de cumplir con nuestra responsabilidad constitucional de pasar juicio sobre el presupuesto —aunque trunca— sería hacernos cómplices de la Junta en la usurpación de nuestros poderes como país. Visto de una forma más práctica, el que la Junta establezca en una negociación, que el presupuesto del Departamento de Educación es de $2,500 millones, no puede ser excusa para entregarle un cheque a la designada secretaria por esa cantidad y decirle: “Úselos como mejor usted entienda”.

Por todas estas razones continuaremos en nuestro afán de pedirle cuentas a la rama ejecutiva no solo del uso de los fondos públicos sino también de la ejecución de los planes de trabajo de cada agencia. Esto lo haremos no tan solo como parte del presupuesto, sino también periódicamente durante el año, para asegurarnos de que el Gobierno se mueva hacia adelante.

Porque nunca se está a destiempo para hacer lo correcto.