Así suceden algunas cosas, a fuego lento, poco a poco, de forma desapercibida. Al final, muchas de estas nos sorprenden cuando descubrimos que detrás de todos esos eventos aparentemente disconexos, hubo siempre un hilo conductor.

Así son, entre otras cosas, algunas de las privatizaciones de los servicios públicos en Puerto Rico. Están aquellas que se anuncian, se legislan y se discuten más o menos públicamente y se empujan y justifican ante el País, bajo el argumento que la empresa privada siempre lo hace mejor. Estas, usualmente son resultado de un proceso sistemático de desmantelamiento institucional seguido por uno de desacreditación de los servidores públicos. Al final, la fruta se cae de la mata.

Pero también están las otras, que son más frecuentes que las primeras, las que son a fuego lento. Estas son las que suceden imperceptiblemente ante nuestros ojos, con la participación de profesionales locales y del extranjero que poco a poco se ponen en los zapatos de nuestros empleados públicos. Estos se “sacrifican” haciendo, a sobreprecio, funciones que hasta hace poco llevaban a cabo empleados públicos. Pasando así debajo del radar.

Evidencia de esto lo hemos estado viendo de forma recurrente en las vistas de presupuesto. Desfile de agencias desmanteladas, en el hueso, sin capacidad para ejecutar, no tal vez cosas extraordinarias como algún día soñamos, sino lo básico. Agencias que han visto cómo en las pasadas décadas se han vaciado sus oficinas convirtiéndolas en disfuncionales, cómo su planta física se ha deteriorado; y para completar, cómo sus sistemas de información, presos del consultor de turno, a pesar de los millones invertidos, sigue igual de ineficiente.

Mientras todo esto ocurre, vemos cómo consistentemente existe en casi todas las agencias una avalancha de contratos, de todos los colores y todos los sabores.

Contratos que nacen silvestres por doquier para servicios legales, relaciones públicas y comunicaciones y la eternamente presente consultoría gerencial. Contratos por servicios rutinarios que se han convertido en guisos permanentes y que ven su protagonista cambiar según cambia el rumbo político del País. Contratos de servicios de contabilidad (que no son la auditoria externa requerida) para poner al día unos libros que viven eternamente en el descuadre, por la única razón de que el departamento interno de la agencia de turno no cuenta con los recursos necesarios. Todos estos contratos florecen ante una escasez de recursos que se ve y se reconoce, pero para la cual no hay el mínimo interés de solucionar.

Así, poco a poco se desmantelan las agencias, se va menguando la memoria institucional sobre la ley, reglamentos y procesos, desmoralizando a los empleados y deteriorando el servicio a la ciudadanía. Caldo de cultivo para continuar contratando, porque esa es la tabla de salvación preferida, la salida fácil y, además, es la forma de agradecerle a “nuestra gente”.

Me asombraría de sobre manera el que alguno de estos contratantes algún día, en un arrebato de patriotismo, proponga el reclutamiento y adiestramiento del personal que eventualmente lo sustituya. Es que son muchos los que por un lado critican al gobierno en cuanto a su tamaño y su intervencionismo, y por otro lado viven del mantengo corporativo en forma del contrato constante y creciente.

Por esto se hace necesario que cada secretario o jefe de agencia tome conciencia del efecto detrimental del vicio de la contratación. Vicio que desmantela y para colmo cuesta más, ya que estoy seguro de que, al comparar costos, sale mucho más caro contratar que reclutar al personal necesario. Por esto también, ya es hora de apagar esa llama que lentamente ha estado quemando la zapata de nuestras instituciones gubernamentales. No siempre es mejor un dólar en manos de la empresa privada que en manos del Gobierno. Menos aún cuando se trata de salvaguardar la capacidad del Estado para proveer los servicios básicos que fueron la razón inicial del origen del gobierno-estado.

Es hora de entender que esa avalancha de contrataciones aparentemente inconexas va corroyendo a fuego lento todas nuestras instituciones. Si no lo detenemos, muy pronto será solo un recuerdo el Gobierno que una vez echó este país hacia adelante.