Juan Zaragoza Gómez, Candidato al Senado por el PPD

OPINIÓNAcceda escrito original en EL Vocero

Todo tiempo pasado fue mejor, frase que los puertorriqueños aplicamos a todo, incluyendo a la economía. Hace meses se respira en el aire la añoranza de aquellos tiempos de las 936, cuando los parques industriales en los municipios distaban mucho de la tierra de zombis que son hoy.

Ese ambiente se debe a que hace varios meses soplan vientos favorables en el Congreso federal para promover el establecimiento o expansión de manufactureras en Puerto Rico. En línea con esto, hace pocos días, unos de los asesores económicos del Presidente de EE.UU., volvió a través de las redes sociales, a señalar a P.R. como la jurisdicción preferida para la localización de la industria farmacéutica estadounidense.

Esta posibilidad ha traído a la memoria de muchos lo que algunos llaman, los “mejores días” de nuestra economía. Esos días cuando la Sección 936 del Código de Rentas Internas Federal, junto con las exenciones locales redujo a niveles mínimos (que finalmente resultaron insostenibles para el Congreso) la carga contributiva local y federal y promovió la creación de fábricas alrededor de toda la Isla.

Con las precauciones debidas ante la epidemia de optimismo que estos vientos levantan, me tomo el riesgo de plantear que como otras tantas cosas en la vida, los recuerdos de ese pasado mejor, tienden a exagerar el pasado.

A los lectores que hayan llegado hasta aquí, les aclaro que no estoy en contra de promover este tipo de legislación; todo lo contrario, lo favorezco y entiendo que sería muy favorable para nuestra economía. De lo que se trata es de reconocer ciertos errores del pasado para así aprovechar este segundo turno al bate que nos daría el Congreso. Errores, que como discutiré más adelante provocaron que la huella o ‘footprint’ que dejó esta herramienta (la 936) en nuestra economía fuera muy superficial e intrascendente.

Arranco aclarando que contrario a lo que algunos dicen por ahí, incluyendo algunos candidatos políticos, la 936 durante su vigencia no constituyó por sí sola un modelo de Desarrollo Económico. Sin ser economista ni pretender serlo, me parece que ese concepto va mucho más allá que unos incentivos contributivos particulares para un sector comercial/industrial específico. Caer en ese error, provocaría, en la medida que dicha iniciativa progrese, que dejemos a un lado otras reformas e iniciativas necesarias para reactivar la economía.

Volviendo a la posibilidad cada vez más real de que el Congreso Federal proponga algún tipo de herramienta fiscal para Puerto Rico, aprovecho para traer a la atención varios errores que cometimos en nuestro primer turno al bate.

Primero, es necesario reconocer que cualquier tratamiento fiscal federal dirigido a la Isla, será una gracia legislativa del Gobierno federal, por lo que por naturaleza será frágil ya que su permanencia siempre será incierta. El reconocimiento de esto nos impone la responsabilidad de utilizarla de la forma más estratégica posible para así maximizar su huella en nuestra economía.

Segundo, me parece que durante los años de las 936, se pasó por alto un principio básico de toda estrategia de desarrollo económico: la diversificación. De igual forma que en el pasado caímos en la trampa del enfoque unisectorial (caña de azúcar, manufactura de textiles, 936), abandonando los otros sectores de la economía. Por eso, en este segundo turno al bate, debemos tener y comunicar las expectativas con claridad y dejar establecido que no existe varita mágica o bala de plata que por sí sola, nos lleve por el camino del desarrollo económico, obligándonos esto a la diversidad.

Finalmente, el gobierno falló en no condicionar las exenciones locales a empresas extranjeras, entre otras cosas, a un nivel significativo de compras de insumos (bienes intermedios) y servicios de apoyo de proveedores locales. Hubo algo de esto ya en los últimos años de las 936 y más recientemente, pero diseñado principalmente a manera de un incentivo adicional si se compraban productos locales. Existe una gran diferencia en premiar de forma adicional si se compra localmente, a condicionar la parte pesada de los beneficios, a la compra local.

Si esto se hubiese hecho desde el principio, la huella en la arena provocada por la creación de una base de capital local y del desarrollo de conocimientos y propiedad intelectual hubiese sido más profunda de lo que fue.

En resumen, aplaudo las gestiones para la creación de esta herramienta fiscal, pero el entusiasmo y la alegría resultante tiene que venir acompañada con una visión integral de nuestra economía que enfatice la diversificación y el encadenamiento con empresas de capital local.

Por cierto, aun sin otro turno al bate, la diversificación, el énfasis en el fortalecimiento de los empresarios locales y la promoción de las exportaciones entre otros factores, deben ser componentes fundamentales de cualquier Plan de Desarrollo Económico.